Hace cosa de un año partía rumbo a Lima con una mochila cargada de miedos, ganas de aventura e ilusión a partes iguales.
Mi gran viaje empezaba. Era real.
Un viaje sin fecha de regreso hacia Sudamérica que supondría un antes y un después en mi vida.
Volvería cuando sintiese que había llegado el momento de hacerlo.
Índice
- 1 12 Aprendizajes sobre el mundo y sobre mí que me traje de mi gran viaje
- 1.1 1. La conexión con mi intuición
- 1.2 2. Existen lugares increíblemente bellos e inimaginables en este mundo
- 1.3 3. Valoro más la libertad de movimiento y seguridad en nuestro país
- 1.4 4. Tengo el valor de ser clara y tajante cuando toca
- 1.5 5. He aprendido a regatear
- 1.6 6. Descubrí el poder de la alimentación para mejorar mi salud
- 1.7 7. No necesito tanto para vivir. Valoro más las cosas sencillas
- 1.8 8. No es tan mala la rutina después de todo
- 1.9 9. No quiero vivir viajando
- 1.10 10. Me ha dejado de dar tanto miedo lo que piensen los demás
- 1.11 11. Hay gente buena y dispuesta a ayudar en todas partes (y con oscuras intenciones también)
- 1.12 12. Hay mucha más gente de la que creía que comparte mi filosofía de vida
Un antes y un después en mi vida
Después de más de 10 años dedicada a la ingeniería quería poner fin a ese ciclo y empezar de cero. Ese viaje marcaría la diferencia.
Qué es lo que buscaba te lo contaba antes de marchar: improvisar, aprender, descubrir, experimentar, crecer. De alguna forma, volver a ser espontánea.
Quería desaprender para dejar hueco a nuevos aprendizajes e ideas.
Después de 6 meses de viaje en los que viví experiencias de todo tipo: desde ir en una kombi que atropelló a un animal salvaje hasta ver una superluna en barco rodeada de algunas de las mejores personas que conocí en ese tiempo, regresé sintiéndome otra persona.
Diría que más auténtica. Más segura de sí misma, más valiente, más tolerante, más agradecida y más presente.
Aprendí tantísimo a lo largo del viaje y me siento tan distinta un año después, que he querido dedicar un tiempo a reflexionar sobre los grandes aprendizajes que me traje.
Este post es el resultado de esa reflexión.
Y quiero compartirla contigo.
Por un lado, para que puedas conocerme un poquito mejor.
Pero sobre todo, para que seas consciente de hasta qué punto podemos llegar a crecer durante un viaje. Para que te animes a salir de tu taller un poquito más a menudo. Aunque sea en una escapada de fin de semana. O aprovechando tu participación en una feria 😉
Como han pasado 12 meses desde que me fui he escogido ese número. He seleccionado los 12 aprendizajes que más me han marcado de todos los que me traigo de la experiencia.
Allá van 🙂
12 Aprendizajes sobre el mundo y sobre mí que me traje de mi gran viaje
1. La conexión con mi intuición
A lo largo de todos estos meses de viaje fui desarrollando mi intuición. Al ganar confianza me fui dejando guiar cada vez más y más por ella.
Al principio, por ejemplo, intentaba siempre reservar con un poco de antelación las habitaciones de los lugares en los que iba a estar, contactar gente, buscar el transporte…
Eso cambió hasta el punto de terminar en la estación de autobuses en más de una ocasión comprando los billetes para una hora después, sin saber dónde me iba a alojar en el destino. Con llegar de día y tener la posibilidad de pasear por las zonas que sabía que eran seguras no tendría de qué preocuparme.
Lo curioso es que lejos de resultar todo un desastre cada vez iban desarrollándose las cosas mejor 🙂
2. Existen lugares increíblemente bellos e inimaginables en este mundo
Antes de salir de viaje no quise buscar demasiada información sobre los sitios que podría llegar a visitar.
Por un lado, no llevaba rumbo fijo y no quería que ir a determinados lugares condicionase el viaje. Prefería disfrutar el camino con calma que verme corriendo de aquí para allá para hacer todo lo que me hubiera propuesto.
Por otro lado, no quería crearme expectativas de ningún tipo antes de llegar a un lugar. Prefería dejarme sorprender por su magia al llegar.
Al charlar con otros viajeros que fui conociendo y gente local pude descubrir rincones increíbles de esas regiones que no sabía ni que existían.
Me maravillé tantas veces al descubrir la diversidad y belleza de la naturaleza: lagunas de un color azul intenso entre montañas nevadas, glaciares, montañas de colores, el atardecer del desierto, un salar…
No tengo fotos que realmente hagan justicia a esos lugares, pero te dejo algunas de ellas para que al menos te hagas a la idea.
Este es el glaciar Pastoruri en la cordillera de los Andes, en Perú:

Desgraciadamente el nevado “agoniza” al ser víctima del calentamiento global y se cree que podría llegar a desaparecer en 15 o 20 años.
No sabía que las montañas de colores existían. El Cerro de los siete colores en Purmamarca me dejó impresionada:

Así como la laguna roja llena de flamencos que descubrí al dirigirme hacia Uyuni desde el desierto de Atacama:

Ah, y la foto de la portada es del Valle de la Luna, en el desierto de Atacama también 😉
3. Valoro más la libertad de movimiento y seguridad en nuestro país
Hay algo a lo que no llegué a acostumbrarme en Sudamérica: el no sentirme libre para moverme a mis anchas por ciertos lugares por no haber seguridad.
Uno de los motivos por los cuales al preguntarme la gente local si me veía viviendo allí decía que no era precisamente ese.
Al llegar a algunos sitios me decían cosas como: “Por aquí no pases sola. Para allá no vayas tampoco. No se te ocurra alejarte. Sería una irresponsabilidad ir allá”.
En uno de los barrios en los que me quedé al principio en Lima me prestaron una bici y prácticamente no podía hacer otra cosa que no fuera ir a comprar el pan dos calles más abajo.
Tampoco me sentía libre en muchas ocasiones para sacar un mapa (porque no se diese cuenta nadie de que estaba un poco perdida), ni el móvil aunque fuese para mirar la hora, ni la cámara para hacer fotos por la ciudad.
Me dio por reflexionar entonces sobre lo afortunada que era por no tener que preocuparme por esos temas en nuestro país.
Nunca me había dado por pensar que podría llegar a agradecer el salir a la calle sin miedo porque nunca lo había sentido. Y llegué a la conclusión de que difícilmente podría llegar a acostumbrarme a algo así.
4. Tengo el valor de ser clara y tajante cuando toca
En general, desde pequeña, he tendido a callar comportamientos y actitudes que otras personas tenían hacia mí cuando estos no me gustaban.
Por no querer molestar, ni que otros se pudieran llegar a sentir mal, no decía nada.
Al final era yo la que terminaba sufriendo por no saber decir no, ni querer discutir. “Bah, no es para tanto”, pensaba. Y me terminaba tragando ese sentimiento.
Durante mi viaje eso cambió. No solo aprendí a decir no, sino a dar el primer paso a la hora de discutir ciertos temas que en otro momento hubiera preferido evitar.
Una chica me dijo en Perú que como sonreía mucho al hablar con la gente y era amable los hombres se podían llegar a confundir y pensar que estaba coqueteando con ellos, cuando no era sí.
Bueno, pues se ve que la chica tenía parte de razón porque si no no me explico cómo me vi en tantas situaciones comprometidas. Y en esas situaciones tuve que cambiar mi actitud.
Aprendí a decir no sin que me importase tanto cómo la otra persona se pudiera llegar a sentir y a ser tajante, mantenerme firme e incluso ser un poco borde a veces.
De verme incapaz de contestar, como me pasaba antes de viajar, a hacerlo y mantener una posición firme hay un paso y empecé a darlo durante el viaje.
5. He aprendido a regatear
Tuve que espabilarme un poco más durante el viaje y aprender a regatear.
Nunca antes lo había hecho. ¿Cómo le iba a pedir menos dinero al que fuera por lo que me estaba ofreciendo? O lo aceptaba o no, pero no iba a hacerle perder dinero…
Hasta que fui consciente de que la que estaba tirando el dinero era yo cuando aceptaba pagar unos precios que no eran justos.
Obviamente no me gusta que se aprovechen de mí. Y afortunadamente aprendo rápido, así que a los pocos días de estar en Lima empecé a negociar, sobre todo con los taxistas.
6. Descubrí el poder de la alimentación para mejorar mi salud
Durante muchos años he sufrido de bastantes problemas digestivos sin saber a qué se debían.
En teoría todo funcionaba correctamente. Eso es lo que se deducía de los resultados de las pruebas que me hacían: mi sistema digestivo estaba sano. Por ello los médicos achacaban mis problemas al estrés. (Aunque ya desde pequeña presentase algunas complicaciones y en mi más tierna infancia viviese sin estrés. Por aquella época llegaron a pensar que era celíaca, pero luego lo descartaron).
Bueno, pues en Perú sucedió algo maravilloso con lo que no contaba. A las pocas semanas de estar allí los problemas con mis digestiones desaparecieron. Lo curioso es que mis problemas en la piel también. ¡No sufrí ningún brote de rosácea en esos 6 meses!

Yo toda contenta pensaba que al regresar del viaje seguiría así de bien. No tenía motivos para presentar de nuevo complicaciones por el estrés. Sin embargo, no había pasado ni una semana desde que regresé cuando los problemas con las digestiones hicieron su aparición de nuevo.
Llevo meses de médicos y haciendo experimentos y todo parece indicar que padezco algún tipo de intolerancia al gluten.
Nunca hubiese sido consciente de que realmente tenía un problema si no me hubiese sentido tan bien de salud al cambiar mi dieta en Perú.
Estoy tan agradecida 🙂
7. No necesito tanto para vivir. Valoro más las cosas sencillas
Se pueden contar las cosas que llevaba viajando en mi mochila: un abrigo, una sudadera, un par de pantalones…
Al principio me preguntaba si no me aburriría de llevar siempre la misma ropa. ¿Cómo podría vivir con tan poco? Seguro que tarde o temprano habría algo que echaría de menos.
Para mi sorpresa no fue así.
No necesitaba más. No me faltaba nada.
Y las cosas que terminé echando de menos no eran realmente cosas.
Además, aprendí a valorar mucho más lo poco que tenía la oportunidad de difrutar.
Algo tan simple como el hecho de poder darme una duchita de agua caliente al llegar a casa se convirtió en un lujo.
No es que no hubiese agua caliente en algunos de los lugares en los que me quedé, es que ni siquiera había agua corriente.
Al conocer tantas otras realidades empecé a ser consciente de la mía.
Nunca me había percatado de lo afortunada que había sido simplemente por haber nacido en un punto diferente del mapa.
Empecé a sentirme agradecida por ello y por todas las pequeñas cosas que tengo la oportunidad de disfrutar cada día.
8. No es tan mala la rutina después de todo
Salí de viaje con la intención de no hacer grandes planes y vivir cada día según se fuese presentando.
Mi vida había sido tan rutinaria hasta entonces, que sentía un profundo rechazo por todo lo que fuesen horarios y actividades preestablecidas.
Sin embargo, he entendido viajando que la rutina no es sinónimo de aburrimiento y que sí que necesito cierta estabilidad después de todo.
A la hora de comer y dormir, por ejemplo, eso de cumplir ciertos horarios hace que me sienta bien. El hecho de practicar deporte regularmente, que es algo que echaba de menos durante el viaje, también. Eso no significa que tenga que entrenar igual todos los días ni comer lo mismo.
Quiero seguir viviendo nuevas experiencias cada día, seguir aprendiendo y crecer, y he entendido que eso no está reñido con la rutina.
9. No quiero vivir viajando
Tenía tantas ganas de viajar y descubrir el mundo que me fui sólo con billete de ida sin tener muy claro en qué momento me daría por volver, preguntándome si podría llegar a entender el viajar como una forma de vida.
Hoy en día busco tener libertad de movimiento, no vivir viajando.
Quiero tener la oportunidad de escaparme cuando lo considere necesario y trabajar desde cualquier lugar. Sin embargo, no siento la necesidad de hacerlo constantemente.
Ya lo comentaba más arriba, echaba de menos cierta rutina que me costaba mantener después de todo.
Viajar es una de mis grandes pasiones y no voy a dejar de hacerlo, sólo que ahora contaré con una base a la que volver. En realidad, si va a ser una sola base o más de una está por ver 🙂
10. Me ha dejado de dar tanto miedo lo que piensen los demás
Siempre me ha importado mucho lo que los demás pudieran llegar a pensar de mí.
Me preocupaba decepcionar a alguien, molestar o hacerle sentir mal.
Con decirte que cuando abrí el blog tenía pánico escénico y no contaba a nadie que estaba publicando artículos.
Con el tiempo he sido consciente de que eso va a pasar independientemente de lo que haga. No tengo el poder de controlar lo que otros puedan pensar ni sentir.
Como siempre va a haber quien no esté de acuerdo con lo que yo haga y diga, y quien sí, pues lo mejor que puedo hacer es actuar de acuerdo a como yo considero que he de hacerlo y al menos terminar sintiéndome bien conmigo misma 🙂
11. Hay gente buena y dispuesta a ayudar en todas partes (y con oscuras intenciones también)
Creo que la mayoría de la gente en este mundo no va por ahí con la intención de hacer daño a los demás.
Pienso que somos buenos por naturaleza y que las malas acciones son la excepción y no la norma, aunque a veces nos hagan creer lo contrario.
Continuamente nos bombardean con noticias negativas en los medios y nos cuentan los hechos terribles que suceden por ahí. Parece que no hay lugar para las buenas acciones.
Por eso durante algunos años viví sin televisión y no puedo decir que la echara mucho de menos. Ahora que sí que hay una en casa, si veo algo, selecciono muy bien el qué.
(Mira, voy a aprovechar para recomendarte un programa que sí que me gusta seguir y se diferencia de los demás precisamente en lo que comento: se centra en dar visibilidad y premiar las buenas acciones. Se llama Gente Maravillosa).
El caso es que terminamos creyendo, sobre todo cuando las noticias vienen de lugares lejanos, que algo horrible nos va a pasar allá adonde vayamos, que nuestra vida va a correr peligro, nos van a robar y otros van a querer aprovecharse de nosotros.
A mi familia y a mi entorno les daba un poco de pánico esa idea. Temían que me pudiera pasar algo por Sudamérica.
Yo en cambio estaba tranquila. Si no llevaba nada de valor ni me metía en sitios raros, nada tendría por qué ocurrir.
Sin embargo, sí que me vi en alguna situación comprometida viajando, aunque afortunadamente no pasó nada terrible.
Fui consciente entonces de que ir viajando por ahí con una sonrisa pensando que nadie se me acercaría con malas intenciones era tan poco realista como irme al otro extremo y pensar que mi vida correría peligro al cruzar la próxima esquina.
A lo largo del viaje entendí que gente buena y no tanto hay en todas partes. Y confirmé mi teoría de que la mayoría están en el primer grupo 🙂
Son muchas las personas que me han acogido, que me han tratado como una hija, o como una amiga de toda la vida, que me han ayudado, que me han protegido, que me han enseñado lo mejor de su cultura y han sido amables conmigo.
Algunos de mis mejores recuerdos se los debo a ellos. Son los que han hecho que este viaje haya sido tan increíble y transformador para mí.
12. Hay mucha más gente de la que creía que comparte mi filosofía de vida
Cuando aún trabajaba como ingeniera en Airbus y comentaba a otros compañeros y amigos que ese no era mi lugar, que necesitaba hacer un gran viaje y replantear mi vida para realmente sentirme responsable de ella y crear mi propio proyecto pocos me entendían.
Llegué a sentirme en muchos momentos una extraterrestre. ¿Por qué pensaba tan diferente al resto del mundo?
Eso cambió en el momento en el que empecé a viajar y a toparme con gente que compartía mi visión. Buscaban realizarse como personas y ser útiles por encima de ganar más o menos dinero a toda costa.
Ahora sé que no importa adónde vaya. Siempre voy a encontrar personas con las que me entienda, aunque no sean la mayoría.
He dejado de sentirme tan sola y tan bicho raro 😛

Hasta aquí mis grandes aprendizajes de viaje. ¡Ahora quiero conocer los tuyos!
Lo sé, no te has ido por ahí con una mochila al hombro durante seis meses, ¡pero eso no significa que no hayas aprendido nunca nada viajando!
Reflexiona un poco sobre tus escapadas de fin de semana o algún viaje largo y cuéntame cuáles dirías que han sido tus mayores aprendizajes 😉
Te espero en los comentarios.
Un abrazo,
Beatriz
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Comentarios 4
Viajar es crecer, llenarse de mundo. No hay experiencia alguna que se le equipare. Y no es que sólo tú experimentes un gran cambio, todos los que interactúan contigo también lo viven. Es cierto, en Sudamérica se vive inseguridad, hay temor, más aún conociendo a una joven tan frágil y bella como tú, cargada de ideas, de sueños realizables y de un ideal. Se te veía desprotegida y enfrentada al monstruo de la realidad. Anita, mi esposa, se preguntaba por tu salud. ¿Y si se enferma, quien vería por ella? Decía. Qué bueno que, más bien, tu salud mejoró.
Beatriz, fue muy grato conocerte, confesarte todas las travesuras de mi vida de artesano, sus épocas de vacas flacas y las de vacas gordas, las de cal y las de arena. Ahora, después de casi cuatro décadas, se me vino la cosecha, la época dorada; aunque mi economía sigue estable, he recibido muchas satisfacciones y honores. Los humanos también vivimos del honor y el reconocimiento. Este año recibí el Premio Amauta de la Artesanía Peruana, el más alto que se da a un artesano en mi país.
Un gran abrazo mi gran amiga, festejo contigo tu gran aventura y sus enseñanzas compartidas. Julio Gutiérrez Samanez, KUTIRY, desde Cusco, Perú.
del Artículo
¡Hola Julio! Qué ilusión me hace leer tus palabras cada vez que apareces por aquí 🙂
Para mí fue también un placer conocerte y sorprenderme con tus “travesuras”. Estoy deseando trabajar en el artículo para que más gente las descubra 😉 Lo que de momento puedo hacer es dejarles un adelanto, jeje.
Acaba de salir publicado un post en el que soy autora invitada y hablo de ti. Te animo a leerlo, porque sé que te gustará: http://www.lapiznomada.com/viaje-magico-artesania-de-sudamerica/
Te felicito por todos tus logros. Son fruto del amor por lo que haces, tu trabajo y dedicación. ¡Un abrazo!
Hola!!
Me ha gustado mucho leer tu artículo.
A veces hace falta pararse para darse cuenta todo lo que llegamos a aprender y a conocernos gracias a los viajes. 🙂
Todxs deberíamos hacer éste ejercicio de vez en cuando.
Un abrazo.
del Artículo
¡Gracias Marta!
Es un ejercicio en el que se puede descubrir tanto… No somos las mismas antes y después de un viaje 🙂
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